Psicólogo con trayectoria en distintos ámbitos, Hector Biendicho Romeu actualmente compagina su trabajo en residencia con la preparación de oposiciones en servicios sociales, apostando por su crecimiento profesional.
Destaca la importancia del acompañamiento emocional, la dignidad y la comunicación en el final de vida, así como el impacto positivo del vínculo terapéutico en pacientes y familias.
1. ¿A qué te dedicas profesionalmente?
Me licencié en Psicología en 2012 y tras finalizar mis estudios, realicé voluntariado el cual, me permitió adquirir la experiencia práctica necesaria. Gracias a esto, en 2013 obtuve mi primer contrato laboral como psicólogo y director en la Fundación AEPA, en Dénia. Desde entonces, he ejercido de manera ininterrumpida como psicólogo en diferentes ámbitos de intervención.
2. ¿Cuáles son los dos retos profesionales más importantes que tienes en estos momentos?
En este último año he iniciado una nueva etapa profesional al adentrarme en el exigente proceso de preparación de oposiciones. Concretamente, me estoy preparando como psicólogo para el ámbito de los servicios sociales a nivel de Conselleria.
Por tanto, a día de hoy compagino esta preparación con mi jornada laboral en la residencia, equilibrando la responsabilidad asistencial con el estudio continuo de boletines oficiales, leyes y decretos. Es un proceso exigente, pero también muy motivador, ya que representa una apuesta firme por mi crecimiento y estabilidad profesional.
3. Profesionalmente hablando, ¿cuál es tu peor recuerdo?
Uno de los momentos más difíciles de mi trayectoria fue la primera vez que se me murió una usuaria que acudía a un taller de memoria que impartía yo en el Centro de Mayores de Sueca.
La impronta grabada a fuego en mi memoria fueron sus últimas palabras al despedirnos antes del verano: ¡¡nos vemos en septiembre le dije yo!! a lo cual, ella me respondió “si Dios quiere” …en ese momento no supe que contestarle. A los dos días me llamo su hija para comunicarme que había fallecido.
Desde entonces, cada vez que alguien utiliza esa expresión, suelo responder con una sonrisa: “¿Y por qué no va a querer Dios?”. Fue una vivencia que me enseñó sobre la fragilidad, la humanidad y la importancia de cada despedida.
4. ¿Y el mejor recuerdo profesional?
Es una pregunta difícil, porque afortunadamente mi trayectoria como psicólogo me ha regalado muchos momentos significativos.
Recuerdo especialmente casos que marcaron etapas importantes en mi desarrollo profesional, como el conseguir la adherencia a tratamiento de deshabituación en la Unidad de Conductas Adictivas de una paciente de 18 años ingresada tras una intoxicación por LSD con un brote psicótico, o mi primera intervención en un caso de duelo patológico.
Este último caso ocupa un lugar muy especial, ya que, a día de hoy, esa paciente continúa felicitándome en Navidad y en fechas señaladas. Para mí, ese gesto representa algo más que un recuerdo: simboliza el vínculo terapéutico, la confianza y el impacto positivo que puede tener nuestro trabajo en la vida de las personas.
5. En el proceso final de vida de las personas, ¿qué te parece más importante?
Desde mi experiencia como psicólogo y en el acompañamiento en procesos de duelo, considero que en la etapa final de la vida hay varios aspectos especialmente relevantes.
En primer lugar, el acompañamiento emocional. Más allá del control sintomático, las personas necesitan sentirse escuchadas, validadas y sostenidas en sus miedos, sus dudas y sus despedidas. En segundo lugar, la dignidad y el respeto a la voluntad de la persona. Poder decidir cómo quiere vivir sus últimos días. Otro aspecto clave es la comunicación familiar. Muchas veces el final de vida moviliza conflictos no resueltos, facilitar espacios de diálogo y despedida puede ser profundamente reparador, tanto para quien se va como para quienes se quedan. Y, por último, trabajar emocionalmente esa despedida progresiva ayuda a que el duelo posterior sea más integrado y saludable.
6. Estar al lado de las personas que sufren o mueren, ¿qué aporta (¿a los pacientes y sus familiares?
Desde mi experiencia para los pacientes, estar acompañados significa no transitar solos uno de los momentos más vulnerables de su vida. Expresar aquello que a veces no se atreven a compartir con la familia: miedo a morir, culpa, asuntos pendientes o necesidad de despedida. Además, facilita que puedan cerrar etapas, reconciliarse con su historia y mantener su dignidad hasta el final.
Para los familiares, el acompañamiento psicológico ofrece orientación, sostén y un espacio seguro donde elaborar lo que está ocurriendo. Les ayuda a comprender las reacciones emocionales del ser querido, a manejar sentimientos ambivalentes (tristeza, rabia, culpa, alivio) y a participar de manera más consciente en la despedida. Esto influye directamente en cómo se desarrollará el duelo posterior, favoreciendo procesos más saludables y menos complicados.
En definitiva, estar presentes no cambia el desenlace, pero sí transforma la vivencia.
7. ¿Cómo afrontas la muerte?
He aprendido que la muerte no se afronta desde la negación, sino desde la aceptación consciente de que forma parte del ciclo vital.
A nivel profesional, la afronto desde la presencia y la serenidad. Entiendo que cada persona vive su final y cada familia su duelo de manera única, por lo que mi papel es ofrecer un espacio seguro donde puedan expresar miedo, tristeza, rabia o incluso alivio, sin juicio.
A nivel personal, la muerte me ha enseñado a relativizar y a valorar más el presente.
8. ¿Nos puedes recomendar un libro?
Me resulta difícil recomendar solo uno, así que destacaría dos obras que considero especialmente valiosas tanto a nivel personal como profesional. Por un lado, “El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl” y por otro, “El arte de amargarse la vida de Paul Watzlawick”,
9. ¿Música y película favorita?
En música, me siento muy identificado con Joaquín Sabina y Jarabe de Palo, artistas que abordan la vida, el amor y la pérdida con una mirada muy humana. En cuanto, a una película me es imposible decidirme por una.