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“La compasión y el cuidado tienen poder multiplicador”

Los paliativos son esenciales para tener una muerte en paz. Su función es esencial para evitar el sufrimiento y un síntoma de progreso social. Julio Gómez es el medico palitivista del Hospital San Juan de Dios de Santurtzi (Vizcaya), desde hace 15 años y uno de los referentes en la materia. Además de su trabajo médico, ha realizado una gran pedagogía, como demuestra la publicación, en Plataforma Editorial, de los libros Cuidar siempre es posible y La hora de la verdad. Los asuntos que no debes dejar pendientes. Hablamos con él.

¿De dónde surge su interés por los paliativos?
-J. G.: No es habitual plantearse durante la carrera que te vas a dedicar a cuidar el final de vida de las personas. Somos fruto de nuestro recorrido vital, por lo que siendo estudiante de medicina, empecé a colaborar, hace 27 años, como voluntario en un centro de enfermos de sida. Aquella experiencia me marcó: tratar con jóvenes toxicómanos que morían modificó mi forma de ver la vida. Además, viví cinco años en Ecuador, y tras trabajar en un contexto donde las personas morían por causas escandalosas, descubrí una medicina basada en la cercanía y la proximidad. Por lo que después de estas experiencias, al volver a España, me di cuenta que quería dedicarme a la etapa del final de vida.

¿Cómo ha de ser un buen médico?
-J. G.: En la medicina lo importante han de ser las personas. Los conocimientos científicos son importantes, pero si no hay un vínculo con el paciente, esos saberes quedan vacíos. El médico es un humanista. Por lo que, en mi opinión, el mecanismo de selección de acceso a la carrera nos está privando de buenos médicos. Se exige una nota altísima, y tanto las pruebas de acceso, como la materia de la carrera, se basan en la inteligencia lógica y racional. Muchas personas con vocación quedan fuera; personas con un gran dominio de la inteligencia emocional y la comunicación, las cuales son vitales para ser un buen médico.

¿Qué ha aprendido de trabajar en paliativos?
-J. G.: Trabajar en paliativos me ha enseñado a amar la vida. Cuando estás cerca de la muerte a diario, te das cuenta del valor que tiene vivir. Cosas sencillas como poder dar un abrazo son enormes. Además, aprendo cada día. Las personas más frágiles y vulnerables me dan mucho, me ayudan cada día, y me siento privilegiado. Por lo que amo la vida y la vivo con intensidad, y, cuando llegue el final, como dice Woody Allen, quiero que la muerte me pille bien vivo.

¿Se acostumbra uno a la muerte?
-J. G.: Se acepta que la muerte es parte de la vida. Está ahí y la aceptamos. Tanto la nuestra, como la de los demás. Separarse de los otros es muy doloroso, pero hay que aprender a dejar marchar a las personas.

¿Qué siente tras un día duro?
-J. G.: No me gusta decir que hay días duros. Los hay intensos. Con situaciones muy dramáticas, donde no cabe más dolor. Días en los que es necesario parar al final de la jornada, tomar conciencia y analizar lo sucedido. Ver lo que se mueve dentro de mí. Pedir ayuda a un compañero, si es necesario. Pero también, muchas veces sientes una gran satisfacción, cuando las personas han fallecido tranquilas y en paz. Cuando se han podido despedir con un abrazo y agradecidas. Es una gran riqueza.

¿Es posible desconectar?
-J. G.: Es necesario. Y quien no desconecta tiene un problema. Por eso, es importante, además de tener conocimientos o tecnología, vivir una vida intensa y plena. Con la familia, con los amigos, invadirse de otras ideas. No todo ha de empezar y acabar en el espacio de trabajo, porque sino vas a pensar siempre en ello y eso te va a hacer pasarlo muy mal. En mi caso, desconecto también con la música y el cine, que son mis grandes hobbies.

¿Por qué los paliativos son importantes?
-J. G.: Son un derecho humano. Una sociedad que no los respeta, no es una sociedad civilizada. En este sentido, estamos trabajando en las ciudades compasivas y cuidadoras, donde se hace pedagogía sobre la muerte. Queremos que se hable con naturalidad de la enfermedad, del duelo y de la muerte, para que toda la comunidad se sienta implicada con sus vecinos más frágiles y conseguir barrios más cohesionados y humanos.

Háblenos más de las ciudades compasivas.
-J. G.: Se trata de una experiencia original del estado de Kerala, en la India, donde se promovió la implicación activa de los vecinos. Está demostrado que las personas en procesos finales de vida, solo pasan el 5% de su tiempo con profesionales sociosanitarios. El 95% restante lo tienen que pasar solos, o, en el mejor de los casos, con sus familias. Para que ese tiempo sea de calidad, necesitamos implicación de comunidad e instituciones.

¿Cómo valora su implementación en Santurtzi?
-J. G.: Hay una gran implicación de las entidades de la ciudad, como demuestran las más de 400 personas que han participado en las sesiones de sensibilización. Estamos trabajando en una segunda fase, donde ya entraremos en la formación e intervención. Además, hemos suscitado el interés de otros municipios que quieren sumarse a la experiencia. La compasión y el cuidado tienen un poder multiplicador.

Publicó el libro La hora de la verdad. Los asuntos que no debes dejar pendientes.
-J. G.: Hay cinco conversaciones importantes antes de morir. O para incluir en el duelo: perdonar, pedir perdón, dar las gracias, decir te quiero y decir adiós.

¿Falta pedagogía sobre la muerte?
-J. G.: Es un tabú y no se habla. Está apartada: en los tanatorios, en los hospitales. No forma parte de la cotidianidad. Entonces, cuando se acerca pilla de sorpresa. Por eso, hay que hablar. Porque siempre llega. La muerte duele, pero hay que alegrarse de que sea así, porque eso da valor a lo vivido. Debemos pensar que es una alegría que duela, porque es muy grande lo que dejamos. Hay que recuperar la muerte como un tema normal y superar el tabú.

¿Cómo se imagina su muerte?
-J. G.: Siempre digo que me gusta ser educado y que espero que me dé tiempo a despedirme, por lo que no quiero una muerte súbita. Me gustaría estar en mi casa, ser atendido con paliativos y no ser una gran carga para mis familiares. Así lo he dejado en mi documento de voluntades anticipadas. De hecho, cuando algún familiar ha estado en una fase de enfermedad avanzada, le digo que tomo apuntes para hacerlo tan bien como él. Sin embargo, aunque puedo teorizar sobre cómo será mi muerte, en su momento, tendré que afrontarlo como todos.