Área Profesional

"Hay que educar personas para la vida"

Llego al Colegio Garbí a la hora de comer, los alumnos están reunidos en el comedor y un alumno realiza un parlamento ante un silencio sepulcral. En las mesas los niños permanecen atentos junto a sus tutoras y tutores que comen con ellos. Un joven de bachillerato se cruza llevando un carro de comida. Observo por los pasillos un torrente de actividad: hay anunciados 26 concursos de todo tipo de disciplinas. Pienso cómo debería haber sido ir a un colegio de pedagogía activa. Jordi Carmona, director de la escuela, sale a recibirme y vuelvo a la realidad. Vamos a un despacho donde nos espera Èrika Coelho, alumna de segundo de bachillerato.

-¿Cómo se vive la muerte en un centro educativo?
-J. C.: En la escuela hay más de mil alumnos y más de cien maestros. Es normal que haya defunciones cada año y, sin embargo, nos cuesta mucho hablar de la muerte. En la Escola Garbí queremos que nuestros alumnos entiendan que la muerte forma parte de la vida y que en cualquier momento podemos desaparecer. Aunque no sea fácil apostamos por mantener el recuerdo de las personas que nos han dejado.

-¿Hay algún protocolo?
-J. C.: Nuestro protocolo consiste en buscar la máxima normalidad. El primer paso es comunicarlo al claustro, a los alumnos y a las familias. Después nos despedimos de la persona mediante los actos que organizamos en la escuela. Por último, rompemos con la pérdida, es decir, respetamos el duelo y la muerte de toda la comunidad educativa.

-¿Cómo lo viven los alumnos?
-E. C.: A principios de curso perdimos a Martí. Nosotros organizamos el acto de despedida porque es nuestro amigo y queríamos que fuese una ceremonia personal en la que se honrase su memoria. Fue duro, sí, pero no hay que esconderlo porque forma parte de la vida. La escuela nos ha respaldado en todo momento. Incluso pedimos ayuda y nos prepararon un curso para poder entender mejor la pérdida de nuestro amigo.
-J. C.: Se trata de una apuesta de la escuela. Los estudiantes participan en todas las decisiones. Queremos que puedan decir lo que piensan y que sean protagonistas. Intentamos dar respuesta a sus inquietudes. Nos pidieron ayuda y buscamos especialistas. Nuestro objetivo es llegar lo más lejos posible pero cuando no se puede, buscamos la forma de que se satisfagan sus necesidades.

-¿Cómo se supera la pérdida de vuestro compañero?
-E. C.: No hemos dejado de honrar su memoria. Queremos irnos de la escuela con un buen recuerdo. Es evidente que queremos que Martí estuviera con nosotros y que lo recordaremos siempre. Pero, también, estamos felices porque un día lo tuvimos y disfrutamos juntos. Hay que afrontarlo, aceptarlo, pero sobre todo, trabajarlo. Él querría que nosotros tirásemos adelante.
-J. C.: Queremos educar personas para la vida. Sería incongruente pasar página. Afrontar un momento así prepara y otorga fuerza para el futuro. Al principio les costó mucho porque Martí estaba demasiado presente, pero han conseguido que se pueda hablar de él con naturalidad. Y esa es la clave: no hay fórmulas mágicas para afrontar estos casos, así que lo mejor es normalizar la situación.

-¿Hubiese sido más difícil en otra escuela?
-E. C.: En otra escuela estaríamos indignados porque no entenderíamos nada. Nuestros maestros nos ayudan mucho. Siempre podemos ir a hablar con un tutor cuando estamos mal. En este año tan duro hemos podido llegar a sentirnos felices gracias al proceso que hemos llevado.

-¿Cómo?
-E. C.: Creo que nos hemos dado cuenta de muchas cosas. Personalmente, ahora quiero más a mis amigos porque los tengo más presentes y así es más fácil valorarlos. Todos hemos pasado por lo mismo y eso une. Me he dado cuenta de que quiero aprovechar la vida. Es corta y la muerte me llegará pero no quiero que me pase ahora, así que mi plan es querer a las personas importantes de mi vida, estar con ellas y hacérselo saber. He aprendido que se puede luchar contra todo y que los problemas son relativos.

-Como director es para estar orgulloso...
-J. C.: Sí. Me siento orgulloso. Antes hablaba con Èrika sobre su futuro académico. Pero es circunstancial: la vida te lleva por caminos que vas descubriendo y que tienes que ir tomando. Creo que en la educación se ha de crear un entorno de sentimientos. El día en que murió Martí les dije algo que siento profundamente: se tienen que cuidar, han de apreciar la vida y es necesario saber estar cuando toca. En su caso cuando Martí estuvo convaleciente nunca le abandonaron. Eso es importante porque no sirve de nada lamentarse cuando no has sabido estar.

-¿La muerte es un tabú?
-J. C.: Es un tabú pero, como decía, las escuelas han de educar en la vida. La muerte es un aprendizaje. El vacío que produce es imposible de llenar, e incluso, hemos de ser conscientes de que acumularemos más vacíos. Pero aunque una persona sea irremplazable… siempre tendremos buenos recuerdos y aprendizajes. Eso da sentido a un proceso natural como la muerte.
-E. C.: Es un tabú pero no debería de ser así. Aunque en la edad de Martí es injusta, la muerte es natural. Sabemos que personas importantes en nuestra vida nos van a ir dejando y que nosotros vamos a dejar a otras personas. Es importante aceptarlo y quedarse con los momentos bonitos. Recuerdo que preparamos un escrito entre toda la clase en honor de Martí y salieron cosas muy bonitas. Martí nos dejó, pero también nos hemos quedado con todo lo bueno que nos ha dado. Esa es la parte bonita de la vida.

-¿Qué has aprendido?
-E. C.: Es muy importante ser capaz de ver cómo te encuentras. Es lícito estar mal un tiempo, hay que aprender a estar mal. No sirve de nada guardar tus emociones porque llegará un momento en el que explotarás. Hay que ir aceptando la realidad poco a poco.
-J. C.: Saber estar mal es vital. A lo largo de la vida pasamos por muchos momentos negativos. Por desgracia, la felicidad no es un estado, son momentos determinados en los que puedes estar más o menos consciente. La resiliencia es vital. Es decir, la capacidad de superar las dificultades y poder ver lo que hay detrás de un duelo, de una muerte o de una pérdida.

-¿Qué generación viene?
-J. C.: Es la primera generación que afrontará de verdad los problemas del mundo, pero la última que puede hacerlo. El mundo siempre va a mejor y los niños que suben son los mejores que ha habido nunca. En sentimientos, en amor, en capacidad… En todo.