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Las virtudes del envejecimiento de la población española

El envejecimiento demográfico no es lo que se nos está vendiendo. Se habla de desastre, e incluso, de suicidio demográfico, pero no es cierto. Al contrario, la democratización de la vida completa, por una parte, y la posibilidad consecuente de una menor fecundidad, se traducen en una nueva estructura por edades. Este no es un cambio gradual, no tiene precedentes en ninguna civilización anterior y no ha terminado todavía. Sus consecuencias políticas, económicas y sociales son enormes. 
Estamos inmersos en una revolución reproductiva que está cambiando la forma de la pirámide poblacional. Las causas de ello, una mayor supervivencia y la consecuente alteración de los roles tradicionales asociados al género y la edad, se insertan en el progreso. 
Se trata de un proceso en el que se ha cambiado el número de niños por los años de vida. Las poblaciones humanas han sido siempre poco eficientes. Han sacado un escaso rendimiento reproductivo a las nuevas vidas que traían al mundo. Para mantenerse, necesitaban una ingente cantidad de nacimientos que, en su mayor parte, no llegaban a la edad fecunda. Podían equipararse a un motor de combustión que quemaba mucho combustible pero perdía gran parte de la energía producida sin convertirla en trabajo. 
La revolución es enorme. Desde un punto de vista estrictamente demográfico, la eficiencia aumenta cuando se democratiza la supervivencia generacional hasta edades umbrales para la reproducción. En primer lugar, resulta fundamental asegurar la supervivencia mayoritaria hasta las edades fértiles; de nada sirven natalidades elevadas si la mayor parte de los nacimientos no sobreviven hasta tener, a su vez, la oportunidad de contribuir a la reproducción. Luego, es igualmente básico generalizar la supervivencia hasta las edades maduras, puesto que la reproducción mejora si los progenitores viven el tiempo necesario para completar la crianza de los hijos (madurez de masas). Tener menos hijos y en mejores condiciones cierra el círculo virtuoso. Las nuevas generaciones, mejor cuidadas y atendidas, viven aún más años. Una circularidad de factores retroalimentados que conduce a la exitosa y eficiente dinámica poblacional actual y a una pirámide de población nueva.

‘NUEVOS VIEJOS’. Especial interés revisten las características de las generaciones que cumplen los 65 años de edad: los nuevos viejos españoles, con mucho retraso respecto a lo ocurrido en otros países desarrollados, están revolucionando el perfil sociológico tradicional de la vejez. Están cumpliendo 65 años las generaciones que, por primera vez, consiguieron la plena escolarización, disfrutaron de una vida adulta y laboral sin interrupciones bélicas, vieron cómo el trabajo agrario o el origen rural dejaban de ser mayoritarios, y disfrutaron del consumo de masas de automóviles, electrodomésticos y otros productos. Debería aclararse por qué el envejecimiento demográfico guarda una correlación casi perfecta con los niveles de riqueza y bienestar internacionales, y no con la pobreza. España no ha hecho más que prosperar mientras la proporción de mayores pasaba de apenas el 4% de hace un siglo al 18% actual. 
Por otro lado, la ineficiencia reproductiva tradicional condicionaba muchos otros ámbitos de las relaciones sociales, empezando por las relaciones de género. En el pasado, el esfuerzo reproductivo de las mujeres era de tal intensidad que siempre constituyó su principal ocupación y el ancestral núcleo definidor de la propia feminidad. Determinaba también las opciones de vida y las empresas colectivas. Los proyectos individuales no tenían sentido. El individuo aislado se consideraba inviable. Igualmente, las formas de convivencia estaban rígidamente condicionadas. Se maximizaba la descendencia mediante un frágil equilibro de los recursos disponibles, escasos e inestables; ello generaba familias extensas y complejas. 

MOVILIDAD. Junto a la revolución reproductiva, también tiene lugar la de movilidad. En los años 80, cuando se pasa del fordismo al posfordismo, las ciudades dejan de tener fábricas y chimeneas. La movilidad evoluciona y también la vejez. Se solía decir que los mayores tenían escasa movilidad y que estaban confinados en sus lugares de residencia. Actualmente, las personas mayores españolas pueden vivir varios meses en la ciudad, varios meses en el pueblo y viajar. Han mejorado sus recursos y su capacidad. Pero también ha traído impactos no deseables en cuanto a soledad. 
Hoy es más fácil para un mayor encontrar acompañantes para pasar tiempo; pero cuando hay problemas de recursos o de salud, los mayores se encuentran con que hijos y parientes están lejos. Por eso, cada vez, la vejez es más urbana y la mayoría de personas mayores viven en las ciudades, aunque se hable del envejecimiento rural. Precisamente, veremos cómo se extinguirán pueblos, pero también, otros, empezarán a estar ocupados por jóvenes que vienen de otras partes del mundo. 
Nos sorprenderán las transformaciones que traerá la movilidad. Y retos, evidentes, como los cuidados o el fin de la vida, se van a empezar a tratar de forma urgente. 
Es importante pensar que no vamos a vivir muchos más años de vejez, sino de juventud. La infancia dura hasta edades nunca vistas; nos sentimos jóvenes hasta los 60 y, todo esto es consecuencia de tener a nuestros mayores vivos. Estuve en Mallorca para recoger unos datos de un señor de 114 años y nos recibió su hija, que se conservaba muy bien, con 84 años. Era la joven de la casa. Y esa juventud se la daba su padre por seguir vivo a esa edad.

Julio Pérez
Investigador del CSIC
Ponencia Soledad, envejecimiento y final de vida en la Fundación Victor Grifols.