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La génesis de la pérdida de sentido en el atardecer de la vida

La crisis de sentido es un fenómeno esencialmente humano, porque sólo el ser humano anhela vivir una vida con sentido y espera vivirla de este modo. Como profesionales del cuidar y del curar, nos interesa indagar la génesis de tal pérdida de sentido, pues sólo quien conoce la causa, puede aventurar mecanismos de prevención y de terapéutica.

En un momento u otro, la experiencia humana de la vida es experiencia del límite, de abandono, de muerte, de vacío y de soledad. En una situación de tal naturaleza, de nada sirven los expertos, los especialistas o los manuales. En tales situaciones límite, la pregunta por el sentido de la vida se experimenta con máxima rotundidad y cuando uno no halla una respuesta razonable, puede llegar a la conclusión que no merece la pena existir.

Existen situaciones que activan esta crisis de sentido en el atardecer de la vida. Es imposible realizar un cuadro completo de esta, porque cada persona es un mundo, pero hay unas constantes que se repiten y que merecen la atención por parte de los profesionales. Hay dos importantes roles que se pierden con el tiempo, el de padre/madre y el de trabajador (habitualmente por este orden). Son dos roles importantísimos que por su tiempo de dedicación diario o por la responsabilidad que conllevan hacen que, cuando faltan, se genere un vacío muy importante en el sentido de la vida.

  • La jubilación: Para muchas personas mayores la jubilación laboral representa una crisis de sentido. Cuando el trabajo se convierte en el único motor de la existencia, en lo único que da valor al fluir de la vida y por razones de edad uno se ve forzado a dejar su actividad laboral, sin desearlo, experimenta una profunda crisis de sentido, máxime si durante ese período no ha tenido otro tipo de motivaciones de carácter paralelo. Siente que ha sido excluido del cuerpo social, se percibe a sí mismo como un inútil social y le falta ese reconocimiento que obtenía a través del trabajo. Esta crisis de sentido genera estados emocionales de irritación, malestar, resentimiento, porque no sólo es el trabajo lo que se pierde, sino en muchos casos, un universo de relaciones, de obligaciones, de contactos y de vida social que va asociada al trabajo.
  • Sensación de fracaso: Una segunda causa de la crisis de sentido en las personas mayores es la sensación de fracaso. El fracaso tiene que ver siempre con unas expectativas no cumplidas, con un universo de voluntades que no se han hecho realidad por alguna razón. Cuando una persona mayor percibe que ha fracasado en su vida afectiva o en la educación de sus hijos o en un negocio que le ha exigido mucha dedicación, siente que su vida ha sido estéril, que ha dedicado esfuerzo y tesón a algo que, finalmente, no ha satisfecho sus expectativas. Muchas personas mayores, en el atardecer de la vida, hacen una valoración de su existencia, de lo alcanzado y de lo logrado, pero también de las frustraciones. Esta mirada retrospectiva puede activar la experiencia de la crisis de sentido, sobre todo cuando la sensación de lo no logrado es mayor a la vivencia de lo logrado. 
  • La enfermedad: La enfermedad es una de las experiencias que suscita, con más fuerza, la crisis de sentido, especialmente si se trata de una enfermedad grave y sin curación. La enfermedad irrumpe sin anticipación y corta con los proyectos y los planes programados. Uno siente odio e ira y experimenta un profundo vacío existencial que sólo logrará superar si se sitúa en la nueva circunstancia y aprende a descifrar el sentido de la nueva situación y lo que puede aprender a través de ella.
  • La muerte: la muerte de un ser amado es una de las experiencias que más determinan la crisis de sentido. Cuando el vínculo con la persona ausente era muy intenso y fuerte, la muerte del ser amado genera un gran desconcierto y una profunda crisis de sentido, máxime cuando el ser amado era el principal motivo de existir, la principal fuente de la vida.
  • Abandono del entorno habitual: Cuando a una persona mayor, por razones de dependencia o de enfermedad, se la ubica en un entorno muy alejado de su entorno natural, puede experimentar una profunda crisis de sentido, pues todo lo que hacía habitualmente, lo que llenaba su cotidianidad, se transforma. Se siente desubicada, en un entorno extraño, con personas extrañas y escenarios nuevos. El exilio forzado, la hospitalización por prescripción facultativa, puede derivar en este tipo de situaciones. La pérdida de los vínculos afectivos se refiere, fundamentalmente, a la desaparición de las amistades, ya sea por muerte o por grave enfermedad, lo que significa que no puede mantenerse el trato y la relación de afecto que daba sentido a la vida. En el atardecer de la vida, muchas personas mayores se sienten solas, a pesar de no estarlo, pero se sienten solas porque la mayoría de sus amistades han perecido o están gravemente enfermas y no pueden mantener el vínculo. El cultivo de la amistad es un modo de dotar de sentido la vida humana, aunque no el único.
  • Dependencia: Otro factor decisivo que motiva la crisis de sentido o el cansancio vital es la dependencia ya sea física, psíquica o social. Para muchas personas, la vida posee sentido en la medida en qué gozan de autonomía funcional, que pueden decidir sus actos y ejecutarlos. Cuando esta autonomía, por razones de edad o de enfermedad, se ve sustancialmente limitada o, simplemente, vulnerada, adviene una profunda crisis de sentido.
  • Crisis de fe: Un factor que no puede desestimarse como generador de la crisis de sentido es la crisis de fe o del sistema de creencias. Un gran número de personas ancianas construyen el sentido de su vida a partir de una fe religiosa vivida auténticamente a lo largo de sus vidas. Esa fe configura un mundo, una cosmovisión, un sistema de valores, un conjunto de prioridades y de normas, también da sentido a la vida en momentos de debilidad.
  • Falta de reconocimiento social:  también suscita una profunda crisis de sentido.  El ageísmo latente en nuestro tiempo activa esta crisis de sentido. En una sociedad que mitifica la juventud, la belleza y la velocidad, la ancianidad es puesta bajo sospecha. Cuando una persona mayor contempla que no se cuenta con su  criterio, que no se valora su experiencia, que se la aparta de la vida social, cultural, económica o religiosa, experimenta una profunda crisis de sentido y se pregunta, con razón, qué valor tiene seguir viviendo si no puede aportar nada en el mundo. El doctor Moisés Broggi, al final de su longeva vida, reconocía que lo que mantiene a una persona viva es el hecho de sentirse útil a la sociedad.
  • Sufrimiento: en cualquiera de sus formas, ya se físico, psíquico, social o espiritual, es una situación límite que activa, como pocas situaciones, la crisis de sentido, la apatía vital, el deseo de no existir. Cuando el sufrimiento se cronifica y afecta a todas las áreas de la vida humana, la persona experimenta una profunda crisis de sentido vital de tal modo que si no existe una motivación, una fuerza mayor que estimule su voluntad de vivir, es fácil deje de luchar.

 

Escrito pot: Dr. Francesc Torralba, Doctor en teologia y en filosofía, Director de la Càtedra Ethos de la Universitat Ramon Llull. Miembro del Consejo Asesor de Mémora,