Área Profesional

Desvelando las luces y sombras del ‘arte’ de envejecer

Como un arte quiso entender el envejecimiento Schopenhauer. En El arte de envejecer leemos frases como estas: “Todos quieren vivir, pero nadie sabe por qué” o “La vida es un negocio cuyos costes no se cubren”. La vejez es la edad de la recolección y del cumplimiento de la existencia, una edad más de recuerdos que de expectativas. El no hacer nada o, mejor, el no tener nada que hacer puede convertirse en una losa difícil de soportar.

¿Qué enseña Schopenhauer al propósito? ¿Cómo concibe el arte de envejecer? La respuesta no es ninguna sorpresa. La lectura de los clásicos, el ejercicio de la escritura y, en especial, la reflexión sobre todo aquello que culmina en la meditatio mortis y que se concreta en: vivir cada día como si fuese el último. ¿Cómo quisieras que te sorprendiera la muerte, haciendo qué, de qué manera?  La educación cristiana que algunas mamamos en la infancia era pródiga en mensajes de este tipo: “Vive como si cada día fuese el último de tu vida”. Es la literalidad del “Dios nos coja confesados”, preparados para morir en paz con Dios. Que el mensaje no sea nuevo significa que hay bastante verdad en su contenido. En esa búsqueda de la felicidad que hemos dicho que constituye la existencia humana, la tranquilidad con uno mismo, la sensación de tarea cumplida debiera ser el broche que cierra una vida lograda. Trata de encontrar el modo de llegar a ella y podrás decir que has sido feliz, todo lo feliz que se puede ser en este mundo, la satisfacción de haber vivido una vida plena.

Es tópico pensar que la juventud coincide con la alegría, la sociabilidad, la felicidad, en tanto la vejez es triste y transida de enfermedades y aburrimiento. Hay que deconstruir esos tópicos. Como Cicerón, Schopenhauer piensa que “la juventud es la época de la agitación, y la vejez, de la calma”. Calma, tranquilidad del ánimo, lo hemos repetido, son ingredientes de la felicidad.

BUSCAR ESTÍMULOS. Ese es un camino de creación, que conduce a la oportunidad de encontrar, en un futuro, la forma de relacionarse con el mundo y con los demás como un ser más completo. Vayamos despacio y pongamos en duda una vez más las recetas estoicas de tan fácil consuelo. Envejecer es duro, una empieza a saberlo cuando ya está en ello.

Aunque tendemos a confundirnos al pensar un envejecimiento transido por el miedo a la muerte cada vez más cercana, lo cierto es que la carga más dura de soportar es la de envejecer y no la de morir. Cuesta más la antesala que el final porque, en definitiva, eso que llamamos una buena muerte dependerá mucho de lo que ha venido ocurriendo antes de que la Parca se nos lleve definitivamente.

Muchos filósofos han puesto el acento en la idea de que la sabiduría consiste en meditar sobre fla vida, no sobre la muerte, que no depende de nosotros. Pero envejecer implica dejar de ver la vida como un proyecto, la sensación predominante es más bien que el proyecto vital ha acabado y que solo resta aprovechar los flecos del mismo, si es que queda algún fleco estimulante. Para algunos esa continuidad es placentera y, si no hay limitaciones intelectuales fuertes, un alivio de la rutina que acompaña a la obligación laboral. Cuando el ejercicio intelectual ha sido intenso, los filósofos están en lo cierto: leer, escribir, pensar, pasear son actividades solitarias en las que el hombre libre se siente a sus anchas.

Para lo cual es preciso haber hecho acopio de recursos que permitan abordar esos proyectos. El gusto por la lectura no se adquiere a una edad avanzada. Quien llega a viejo sin haber saboreado muchos libros, difícilmente acudirá a ellos en busca de las lecturas aún pendientes o de relecturas apetecibles.

NEGOCIO OCULTO. Suele decirse que las mujeres envejecen mejor que los hombres, con menos melancolía y más expectativas. Que incluso la jubilación les afecta menos que a algunos hombres que se desmoronan al encontrarse con demasiado tiempo por delante sin saber cómo llenarlo. Ciertamente, las mujeres han sido más polivalentes y tienen a su alcance más medios de los que echar mano para llenar el tiempo, que el hombre que solo se afanó en ser médico, abogado o empresario.

El aumento de la expectativa de vida se ha convertido en un problema a distintos niveles. Tanto el estado de bienestar, que ha de proteger a los más desvalidos, como la economía de mercado, que aprovecha cualquier ocasión para crear necesidades, están introduciendo la idea de un envejecimiento activo, con la oferta de un sinfín de oportunidades para empezar a vivir de nuevo a partir de la jubilación. Desde matricularse en la universidad y cursar los estudios que uno siempre quiso hacer, hasta poner a disposición de las llamadas clases pasivas, un abanico de viajes y excursiones para los que tampoco hubo tiempo en los años más activos.

Tanto el estado como el mercado se esmeran en sacar partido de esa necesaria búsqueda de ocasiones de felicidad que al final de la vida va teniendo menos agarraderos. El mercado exprime al sujeto con la promesa de satisfacer su último deseo. Los gobiernos ven en el anciano un elector activo al que hay que mimar.

No nos engañemos. Por mucho que nos esmeremos en el arte de envejecer, el envejecimiento estará repleto de sinsabores. Es la edad más rechazada, señala Aurelio Arteta, no sin amargura, en su último libro: A fin de cuentas. Nuevo cuaderno de la vejez.

Es, dice, “la etapa más miserable de nuestra vida”, que avergüenza y amenaza por sus limitaciones. Uno se da cuenta de que ha dejado de ser contemporáneo, escribe Jean Améry, siente extrañeza ante sí mismo, soledad, distancia, incomprensión; se ve incapaz, inútil e insano.

Victòria Camps
Catedrática de Filosofía Moral y Política.
residenta de la Fundació Víctor Grífols.
Fragmento del libro La búsqueda de la felicidad